
A veces el crecimiento no llega con los aplausos, sino con las lágrimas. Hace unos años, cuando se abrió la puerta de la casa después de regresar de su clase de natación, lo primero que escuché fue el llanto desconsolador de mi pequeña. La razón era obvia: no lo había logrado. Habían sido diez semanas de constante esfuerzo, disciplina e ilusión, pero sin el anhelado galardón. No había conseguido su “Caballito de Mar”.
En Alemania, el “Caballito de Mar”(Seepferdchen) es la primera insignia oficial que los niños reciben al aprobar su curso básico de natación.
¿Cómo podía haber pasado eso?, me pregunté. Sabíamos que la niña tenia talento, entusiasmo y una gran actitud. Tanto mi esposa como yo estábamos convencidos de que lo lograría. ¿Quizá fue porque no participó la semana aterior al examén, todavía recuperándose de una gripe? ¿Debimos haberla llevado a practicar un par de horas extras?
Pero, al final, comprendí que no servía de mucho buscar razones ni excusas. Lo único que podíamos hacer era consolarla y animarla para que, en la próxima oportunidad, consiguiera su primera medalla. Fue entonces cuando entendí que, tal vez, el verdadero premio ese día no era la medalla, sino algo mucho más importante, la lección de cómo sobreponerse a los descalabros, fracasos y desilusiones de la vida.
Diversos estudios en Harvard Business Review y Psychology Today han mostrado que los niños —y también los adultos— que aprenden a enfrentar la frustración con apoyo emocional desarrollan mayor fortaleza mental y motivación a largo plazo. La resiliencia no se forma cuando todo es fácil y las cosas nos salen bien, sino cuando caemos frente a un reto, pero decidimos levantarnos para continuar.
Esa misma capacidad de sobreponerse es la que, en el mundo profesional y personal, diferencia a quienes se detienen ante el primer obstáculo de quienes siguen adelante hasta alcanzar sus metas.
Ver a mi hija sobreponerse fue una poderosa enseñanza para toda la familia. Después de llorar, se limpió las lágrimas, respiró profundo y volvió a hablar de natación. Su mirada había cambiado: estaba enfocada. No solo quería la medalla, sino que ahora sabía lo que debía hacer. Sabía que la próxima vez lo lograría. Ojalá todos pudiéramos recordar eso en los momentos en que no alcanzamos nuestros propios “caballitos de mar”. Porque la vida adulta también tiene sus retos invisibles, pequeñas decepciones y necesidades de comenzar de nuevo.
3 pasos simples para cultivar resiliencia en nosotros mismos, en nuestros equipos o en nuestros hijos
- Aceptar la emoción de sentirte decepcionado. Es parte del proceso de aprendizaje.
- Aprende pregundantoe qué puedes mejorar o intentar distinto, en lugar de solo lamentarte.
- Intentarlo de nuevo. La diferencia entre quien gana y quien se rinde suele estar en volver al agua una vez más.
Recuerda, la resiliencia se entrena igual que un músculo. Cada vez que eliges no rendirte, te haces más fuerte para la siguiente prueba.
Reflexiones finales
Al poco tiempo, en su siguiente intento, mi hija consiguió su medalla. Pero más allá de este primer triunfo de varios que le siguieron, lo verdaderamente valioso fue la manera en que se sobrepuso a ese primer trago amargo. Creo que aquella experiencia la fortaleció y por ello hoy está más preparada que nunca para luchar por lo que quiere. Mi esperanza es que también tú hagas lo mismo en esa área de tu vida con la que ballas.
- ¿Qué “medalla” personal o profesional estás buscando hoy?
- ¿Valoras el proceso tanto como el resultado?
- ¿Qué puedes aprender del último intento que no salió como esperabas?
Tomarte un momento para reflexionar sobre estas preguntas puede ayudarte a transformar la frustración en crecimiento. Recuerda, si hoy no obtuviste tu “Caballito de Mar”, no te rindas. Lo obtendrás mañana.
Lo importante es no darse por vencido.